Durante año y medio, el singapurense Malone Lam, de 22 años, se hizo pasar primero por un agente de soporte de Google y luego por personal del exchange Gemini. Las víctimas desactivaban ellas mismas la autenticación de dos factores y compartían su pantalla, convencidas de que resolvían un problema de cuenta. El martes, Lam se declaró culpable de un cargo federal de conspiración de crimen organizado vinculado a $245 millones en criptomonedas robadas.
El esquema se apoyaba en el miedo y la confianza. Los estafadores convencían a las víctimas de que su cuenta había sido hackeada y luego las derivaban a una falsa línea de soporte del exchange que las inducía a entregar sus claves privadas y códigos de doble factor. El golpe más grande —4.100 bitcoin por unos $230 millones— ocurrió en agosto de 2024; un robo aparte de $14 millones se dio un mes antes. El dinero pasaba por mezcladores de criptomonedas, exchanges y una cadena de VPN antes de llegar a Lam.
Gastó el botín a toda velocidad: más de treinta autos de lujo de entre $100.000 y $3,8 millones cada uno, mansiones alquiladas en Los Ángeles, los Hamptons y Miami, jets privados y cuentas de discoteca que llegaron a $500.000 en una sola noche. Según la fiscalía, Lam siguió dirigiendo a sus cómplices incluso bajo detención preventiva, y en un momento organizó envíos de lujo para su pareja.
Dieciocho personas enfrentan cargos en el caso; Lam es el undécimo en declararse culpable. Su cómplice Evan Tangeman fue sentenciado en abril a más de cinco años. El cargo de crimen organizado prevé hasta 20 años de prisión, aunque la fecha de sentencia de Lam aún no se fijó — la próxima audiencia es el 8 de diciembre. “Si construyes un imperio del cibercrimen, te encontraremos, desmantelaremos tu operación y te haremos responsable”, declaró la fiscal Jeanine Pirro.
El caso confirma algo simple: el eslabón débil de las criptomonedas casi nunca es el blockchain, sino la persona que contesta el teléfono. Ninguna billetera resiste si su dueño dicta las claves en voz alta.



