El mercado global de stablecoins ya ronda los $300.000 millones, pero solo 11 de 28 jurisdicciones importantes han terminado de redactar sus reglas. Esa es la advertencia que Andrew Bailey —gobernador del Banco de Inglaterra y presidente del Consejo de Estabilidad Financiera (FSB), el organismo que coordina a los reguladores financieros del G20— envió esta semana a los ministros de Finanzas y a los bancos centrales.
Bailey publicó un informe sobre las vulnerabilidades transfronterizas de los stablecoins dos días antes de la reunión de ministros de Finanzas del G20, prevista para el 15 de octubre. La conclusión no deja lugar a dudas: si un stablecoin grande sufre una corrida, el golpe podría trasladarse a los mercados tradicionales a través de ventas forzadas de los activos de reserva y retiros súbitos de depósitos bancarios. Los stablecoins con varios emisores tienen un problema adicional: la demanda de rescate puede concentrarse en uno solo mientras las reservas que lo respaldan están repartidas en otros países.
El problema no son los tokens en sí, sino dónde termina la supervisión. El 99% de los stablecoins siguen al dólar, pero se emiten y circulan en decenas de jurisdicciones con normas de reserva y transparencia muy distintas. El propio FSB lo dice sin rodeos: la coordinación transfronteriza entre reguladores "sigue siendo inmadura o todavía no existe", lo que significa que, ante una crisis real, apenas hay a quién llamar.
La segunda parte de la carta se centra en la inteligencia artificial. El FSB terminó sus Sound Practices for the Responsible Adoption of AI, una guía que cubre desde la gobernanza de modelos hasta la ciberseguridad y el riesgo de proveedores externos. Bailey fue más allá al advertir que los ciberataques potenciados por IA podrían debilitar la resiliencia de instituciones financieras de importancia sistémica, y lo plantea no como una hipótesis lejana sino como un supuesto real para la planificación de 2027.
Nada de esto crea reglas obligatorias por sí solo: el FSB solo puede recomendar, y Estados Unidos, la Unión Europea y el Reino Unido ya eligieron caminos distintos para regular los stablecoins. Esa diferencia de velocidad y enfoque es, según Bailey, el verdadero riesgo: mientras unos países ajustan los requisitos de reservas, otros apenas empiezan a discutir las normas.



