La noche del lunes, durante la cumbre All-In en Los Ángeles, Jensen Huang recibió una llamada en pleno escenario. La puso en altavoz para que todos la escucharan: era el presidente Donald Trump.
Dos días antes, el CEO de Anthropic, Dario Amodei, había publicado un ensayo pidiendo a las empresas de IA que frenaran el ritmo al que mejoran las capacidades de sus modelos. Su argumento giraba en torno a la autosuperación recursiva —el momento en que un modelo empieza a acelerar su propio desarrollo más rápido de lo que se puede comprobar que es seguro— y a un incidente reciente con agentes de IA que, según él, demostró que la industria está más cerca del problema de lo que cree. Sam Altman, de OpenAI, y Elon Musk expresaron públicamente su apoyo.
Trump no está de acuerdo. "Esto le hace el juego a quienes no quieren que tengamos éxito. Puede ser gente de la política. Puede ser China. No vamos a permitirlo. Es una farsa", le dijo a Huang por teléfono, entre aplausos del público. Huang respondió sin dudar: "Tiene razón. No vamos a permitirlo, señor". Trump añadió que hay que actuar con cuidado, pero que detener la industria no es una opción.
La opinión pública no coincide del todo con la postura de la Casa Blanca. Una encuesta reciente de Gallup encontró que cerca del 70% de los estadounidenses no quiere centros de datos cerca de sus casas, y más de la mitad menciona el medioambiente como motivo principal. La grieta ya no es solo entre reguladores e industria: está dentro de la propia industria. Anthropic pide frenar. Nvidia acelera. Y el presidente ya eligió bando.



